Anarquía… a lo Woody Allen

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Anarquía es uno de esos términos que heredamos de la preclara civilización griega y que comenzamos a emplear sin tener el cuidado de aprender siquiera etimologías. Su raíz es el vocablo griego arché, que al igual que la mayoría de las palabras en esta lengua, tiene varios significados; los más usuales son “fundamento”, “sentido” o “principio”. Los filósofos que haya entre nuestros lectores podrán decir mucho más al respecto, pues si algo estudia la disciplina a la que han dedicado sus vidas es el arché de las cosas, es decir, sus fundamentos o principios.

El prefijo a, que complementa la palabra, añade al significado un sentido privativo. Literalmente, podría traducirse como “sin”. Tendríamos entonces que la anarquía es una situación en la que se carece de fundamentos, sentido o principios. No obstante, en épocas más recientes, y sobre todo en el siglo XX, el término anarquía se ha empleado para definir un contexto político caracterizado por la ausencia de un poder gobernante.

El uso no es erróneo, porque en efecto, el arché también puede entenderse como el principio que gobierna algo, ya sea los fenómenos naturales o los sociales. El problema de interpretación radica, a mi entender, en que la anarquía política se vea como una propuesta viable e incluso deseable. Y no lo digo desde la perspectiva ideológica, sino desde la estrictamente semántica. En lengua griega, el sentido privativo dado por el prefijo a, indica también un defecto o deficiencia; por tanto, señala un estado que debe superarse.

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Así, vivir en anarquía no sería equivalente a tener plena libertad, como a veces se piensa; mucho menos puede identificarse con la autonomía, pues ahí sí que existe un poder gobernante, el de la propia razón. Vivir en anarquía, con base en el significado auténtico del término griego, sería carecer de parámetros para las acciones, o de puntos de orientación que nos den al menos una idea de qué hacer; en suma, sin sentido alguno. En un contexto semejante, la libertad o la autonomía no tendrían cabida, pues ambas suponen una elección, pero cuando no existen siquiera pautas, tampoco hay razones para elegir.

Sirva esta larga digresión, para presentar la recomendación de lectura de hoy; una colección de relatos en los que la anarquía se manifiesta de la forma en que los griegos debieron entenderla, un pleno de confusión y sinsentido. Me refiero al volumen que la editorial Tusquets publica bajo el título Pura anarquía (2008) y que compila dieciocho cuentos escritos por el cineasta, guionista, dramaturgo y actor, Woody Allen.

Cada narración nos muestra un mundo disfuncional, en el que se cuestionan desde las normas básicas de convivencia social hasta las leyes de la naturaleza. Encontramos a hombres religiosos que subastan plegarias por internet; a familias que lo pierden todo y terminan sus días en guetos, porque sus hijos pequeños no fueron admitidos a un prestigioso jardín de niños; productores de cine que lo pierden todo por filmar una adaptación de la Sección Amarilla y residencias que sucumben a la euforia transformadora de un contratista, cuando todo lo que se necesitaba era renovar la cancelería de aluminio.

Aunque, en primera instancia, Pura anarquía pueda verse como una obra que nos hará reír a causa del absurdo, también da pie a interesantes reflexiones, pues las situaciones que se presentan no distan mucho de lo que sucede todos los días en nuestras grandes y modernas ciudades.

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La nueva tendencia

Los últimos diez años han sido una época  de innovación absoluta en el mundo de los negocios, ya que muchos empresarios hábiles se han sabido subir al tren con el crecimiento del siglo, así como con sus implantaciones tecnológicas.

La revolución digital ha cambiado la forma de hacer negocios en el mundo en todos los sentidos.

Esto por supuesto ha facilitado la vida de mucha gente, ya que los creadores digitales entienden muy bien que aquel que resuelva el problema de alguien en el menor tiempo posible, con el mejor precio, será el que saldrá adelante y quien no reúna estas  características simplemente se quedará fuera del mercado.

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La negativa de esta faceta de los tiempos es el hecho de que todo aquel que no sepa adaptarse a la era digital sufrirá una lenta y dolorosa muerte comercial y consecuentemente corre un gran riesgo de caer en verdaderos problemas.

Hemos de saber que este fenómeno no es la primera vez que sucede en la historia, sino que en realidad sucede aproximadamente una vez cada 80 años, empezando desde la Revolución Industrial.

Desde que estos cambios tecnológicos comenzaron a florecer de manera metódica,  muchos trabajadores y artesanos se han quedado sin trabajo y su industria se ha olvidado hasta que se redescubre y vuelve a tomar valor, el valor de reliquia.

Un buen ejemplo de este fenómeno (uno de los únicos antes de la Revolución Industrial) fue el invento de la imprenta de Gutenberg, en al año de 1460.

Casi todas las personas recordamos los grandes beneficios del gran invento de Gutenberg, sin embargo pocos recuerdan a cuantas personas dejó sin empleo o hizo de su labor algo completamente obsoleto, como es el caso de los narradores y artesanos literarios, como los monjes.

Previo a la invención de la imprenta, debido a la escasez de libros y del analfabetismo del pueblo en consecuencia de esto, las personas se informaban sobre distintos temas al ir a escuchar a un narrador, quien leía en voz alta fragmentos de ciertos libros prestados por el señor feudal.

Al principio los narradores solo leían la biblia y los relatos de los acontecimientos de tierras lejanas, escritos por poetas ambulantes, quienes se dedicaban a capturar los hechos  donde fuera que estos ocurrieran, todos estos narradores y poetas, así como muchos de los monjes que elaboraban los libros, quedaron fuera del mercado.

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Al inventarse la imprenta, los libros tuvieron mucho mayor acceso a la gente, ya que todos podrían ir a su biblioteca más cercana y comprar libros de interés, como novelas y poemas, no solo la Biblia. De hecho, la primera novela que se imprimió a grandes  escalas fue La Divina Comedia, de Dante Alighieri.

Lo mismo les pasó a todos los molineros a fines del el siglo XVII, cuando las máquinas tomaron completo terreno sobre la mano humana; este fenómeno se puede percibir de una manera excelente en los poemas de William Blake, quien condenaba fuertemente a la era industrial particularmente en el hermoso libro titulado Songs of Innocence.  

Hoy en día, la nueva tendencia es lo digital, donde se puede encontrar desde un servicio de catering, hasta despachos de arquitectos.

Siempre Irlanda

Con las ciudades sucede como con los libros o las personas; podemos querer, admirar o desear a muchos de ellos; podemos recibir importantes enseñanzas, incluso de los que al principio nos desagradan; pero sólo unos cuantos resultan entrañables y reclaman nuestro completo amor.

Aprendí esto después de ser un viajero incansable y conocer todas las ciudades que pude, tanto de mi país como del extranjero. En cada una encontré rincones fascinantes y personas enamoradas de su lugar de origen, a las que fue un honor conocer.

Incluso en los territorios que parecían más agrestes o en las metrópolis más desconcertantes y caóticas, hubo paisajes, sitios y experiencias que pronto mandaron las dificultades al olvido e hicieron que todo valiera la pena.

Sin embargo, sólo algunos de esos destinos dejaron huellas indelebles en la memoria y en el ánimo el deseo de volver a ellos. Uno de ellos es Irlanda.

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Mucho antes de volverme un estudioso de la mitología, lo cual me llevó inevitablemente hacia los celtas, y antes siquiera de leer cualquier obra proveniente de las Islas Británicas, ya había empezado a enamorarme de aquél majestuoso país y a desear con gran fervor el explorarlo.

La responsable de aquel joven anhelo fue la fotografía en un folleto de viajes, que llegó a mis manos cuando tenía nueve o diez años. Ya no recuerdo cómo fue que lo obtuve; tal vez me lo dieron mis padres, para entretenerme mientras aguardábamos en la sala de espera de alguna agencia; o lo encontré abandonado en alguna mesa de la biblioteca que solía frecuentar. Quizá intervino un poco esa extraordinaria fuerza, que para civilizaciones como la celta tenía un papel determinante; el destino, frente al cual sólo hay dos posibilidades, aceptarlo con alegría y entereza o ser arrastrado por él.

Sea lo que haya sido, la primera imagen de Irlanda que pude contemplar me mostró un paisaje que para mí fue de abrumadora belleza. No había edificios, monumentos, tiendas lujosas o ríos de gente. Sólo una colina, cubierta de un pasto cuyo tono de verde jamás había visto; parcialmente oculta por la niebla y bajo un cielo plomizo.

Muchas personas, especialmente niños, habrían pensado que se trataba de un panorama deprimente o, en todo caso, aburrido. Naturalmente, yo no habría descrito aquel paisaje con los términos que ahora utilizo, ni tenía idea de la experiencia estética de lo sublime de la que hablara Kant. Lo que sabía, mejor dicho, sentía, era que aquel paisaje prometía emociones fuera de lo común; acaso historias fabulosas, “de monstruos, héroes y hombres”, como dice una canción; tal vez exploraciones y descubrimientos extraordinarios, como los que vivían los personajes de Julio Verne; y, probablemente, un clima que no te haría sentir cómodo, pero que, por lo mismo, te mantendría en constante búsqueda y movimiento.
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Dicen que nunca se debe conocer a los ídolos, ni acercarse demasiado a los ideales, porque invariablemente se descubrirán las naturales imperfecciones. Para mi buena o mala fortuna, en el caso de Irlanda no fue así. Tuve la oportunidad de visitarla por vez primera cuando ya estaba bien instalado en la treintena y sabía un poco más de la mitología, la literatura y la historia de la isla.

En aquel entonces vivía en España, por un proyecto de trabajo; pero en Europa, ir de un país a otro es como viajar entre ciudades en México (por lo menos así lo era en aquel tiempo). Incluso hay aerolíneas de bajo costo (al estilo de VivaAerobus), con las que volar entre países puede ser mucho más barato que un boleto de tren o autobús para un viaje entre ciudades.

Así que no fue particularmente difícil cumplir el sueño. Quizá lo más complejo sea procesar todas las impresiones, experiencias y recuerdos, que dejaron aquélla y otras tantas visitas. Desde el primer viaje pude admirar en vivo el paisaje que reproducía la foto de mi infancia; la colina de Tara, el lugar en el que se reunían los legendarios reyes celtas y el punto geográfico desde el cual podían abarcar con la mirada la mayor parte de sus dominios.

Las historias fabulosas, los descubrimientos, el clima siempre vigorizante; todo lo que había imaginado se cumplió con creces. No diré que jamás tuve un percance o contratiempo; pero, como ya he dicho, nada de eso logró permanecer en las estancias de la memoria. Desde que dejé Europa, no he vuelto a la isla y, dados mis años, quizá ya no tenga ocasión de hacerlo. Otros viajes, tal vez aún me queden, y espero que aún me aguarden muchos libros. Pero entre los recuerdos a los que volveré una y otra vez, cada día, y con seguridad en el último, estará siempre, siempre Irlanda.

Para saber más…

Lean el Diario irlandés, de Heinrich Böll; escritor alemán y Premio Nobel de Literatura (1972), quien también fue cautivado por la isla.

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La verdad es relativa

El sistema educativo de un país es lo que  define su destino de los siguientes 40 años, ya que aunque muchos colegios alrededor del mundo tengan el mismo  o parecido mobiliario para escuelas, aquello que se les enseña a los alumnos es un poco distinto en cuanto a contenido.
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El sistema educativo de cada nación está diseñado acorde al rol que dicho pías tiene en la comunidad internacional, para que de este modo sus ciudadanos estén listos para desempeñarse adecuadamente en dicho entorno.

El contenido que se enseña en las escuelas de un país está dividido en dos: Materias Universales y Materias Nacionales.

La materias universales son aquellas substancias de carácter científico que son  compartidas por el mundo entero, como es el caso de las matemáticas, física, química y biología.

Estas materias universales lo son así porque las leyes de las mismas así lo son, lo que significa que no están sujetas al cambio.

Las materias nacionales, por el otro lado, son de una naturaleza un tanto distinta, ya que estas están abiertas a la interpretación, como lo es el caso de la historia, filosofía y arte.

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Aunque estas materias también están conformadas por principios universales, como lo son los hechos que acontecieron en cierto país y época, teorías de tal o cual filósofo, así como tal o cual corriente artística, éstas están abiertas a la interpretación de cada maestro o profesor.

Es decir, la historia de la caverna de Platón puede ser interpretada de mil maneras, así como el significado  de las pinturas de Turner, Whistler o Monet, de la misma manera que un hecho histórico se puede relatar de distintas maneras, de acuerdo a los diferentes puntos de vista.

Un ejemplo de estas interpretaciones académicas sobre los acontecimientos históricos es de la manera que se enseña la historia de la Segunda Guerra Mundial en E.U.A y Rusia, donde los dos países afirman haber ganado el gran conflicto.

En Estados Unidos nos dicen que la cúspide de la balanza de poder militar cambió enteramente del lado alemán hacia el de los Aliados, después de la operación “Overlord”, como se le bautizó en código a los desembarcos en Normandía.

Los rusos, nos dicen en sus escuelas, que la guerra tomó un giro absoluto después de la épica batalla de Stalingrado y subsecuentemente después del choque de divisiones más grande en la historia de la humanidad, en la gran batalla de Kursk, cuando el general Zhucov derrotó al magnánimo Von Manstein.

Los rusos, a su vez, afirman el haber ganado la guerra al haber sido ellos quienes tomaron y aplastaron Berlín. Sin embargo, por ejemplo, el general norteamericano George S. Patton y sus tropas, así como el general británico Bernard Montgomery y sus hombres ya estaban en las puertas de Berlín antes de que llegaran los soviéticos.

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La verdad es que los dos poderes e Inglaterra ganaron la guerra juntos; los soviéticos con sus contraofensivas después de Stalingrado, los británicos al aplastar a los alemanes en el aire antes de la entrada a la guerra de E.U.A o la U.R.S.S, y los americanos con los desembarcos en Normandía y sus dos bombas atómicas.

Así que siempre hay que escuchar los dos puntos de vista opuestos detalladamente para así formar una buena conclusión.

El mundo nunca podrá ser uno

El mundo moderno es una esfera unida cada vez más, por materia de la misma substancia.

Hoy en día es difícil encontrar un país, especialmente en el mundo occidental, que tenga su propia identidad.

La identidad de una nación está conformada por etnicidad, cultura y tradición, así como por un conjunto de valores compartidos por todo un pueblo.

Europa siempre ha sido un continente pequeño, con una abundante gama de culturas, cuyos valores culturales e ideales nacionales siempre fueron distintos entre sí, sin importar la cercanía de los muchos reinos y principados que conformaba el continente europeo.

En sí, la unidad mundial es un concepto muy viejo que proviene desde el tiempo de los antiguos romanos,  quienes invirtieron la mayor parte de su tiempo en unir al mundo a su gran civilización por medio de caminos, acueductos y un sistema de derecho que regía los derechos de todo aquel que perteneciera al imperio.

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Los romanos eran grandes y efectivos conquistadores, simplemente porque además de protección casi impenetrable, ofrecían una mejor calidad de vida a aquellos que derrotaban en el campo de batalla a diferencia de los millones de bárbaros cuyos métodos de conquista rayaban en el canibalismo.

Aquellos pueblos que entendían este sistema de cofradías, llevaban una vida de plenitud donde tenían tiempo hasta para espectáculos y diversión, muy parecido a los pueblos civilizados de hoy en día.

Sin embargo, la inevitable arrogancia de los patricios  se expandió como fuego en un campo de maíz, algo que causó descontento en muchos rincones del imperio.

La miseria es una condición que cuando se vive en plural, crea lazos profundos entre aquellos que la padecen, consecuentemente creando una hermandad indestructible.

Al esto suceder, innumerables rebeliones y levantamientos surgieron por todo el imperio, rebeliones que las legiones romanas debían aplastar.

Esta guerra de guerrillas, poco a poco comenzó a apuñalar al gran cuerpo de la madre Roma, hasta que finalmente la desangró.

Al caer esta gran comunidad de comunidades, el mundo tomó un rumbo muy distinto, donde lo más valorado era un reino independiente del resto y autosuficiente en sus decisiones lo que fue creando las nuevas naciones de Europa.

De este modo, Europa vivió por más de mil años y forjó un continente de reinos independientes, quienes se disputaban las tierras del mundo entero.

No fue hasta la llegada de otro hombre con una visión tan grande como aquella de Roma, que puso la existencia del mundo como existía en  peligro y lo destruyo por 20 años.

Este hombre fue Napoleón Bonaparte, considerado por muchos, como el conquistador más magnánimo que jamás haya caminado en la tierra.

Bonaparte conquistó toda la Europa continental, llegando hasta tomar Moscú, fallando solo en su larga batalla con los ingleses, quienes perseveraron y finalmente vencieron.

Sin embargo, durante el reinado de Napoleón, Europa trató de ser una misma, al grado de que Bonaparte quiso implementar una moneda común en todo el continente a modo de hacer frente a Inglaterra y a los crecientes Estados Unidos.

Al caer Bonaparte, cayó esta idea de unir a la Europa continental, dando pie a la renovación de los viejos reinos e imperios quienes vivieron en paz por 99 años hasta la explosión de la primera guerra mundial.

No fue hasta 1950, después de la segunda guerra mundial, cuando comenzó la verdadera unión de Europa tan ansiada por Napoleón; sin embargo la lengua que los une no es el francés, sino un inglés básico.

Sin embargo, ahora vemos caos de nuevo en esta organización, mediante la salida del Reino Unido.

¿Será que la obscuridad se acerca?

El porqué de las razas

El racismo es un patrón de comportamiento humano que ha existido desde aquellos remotos tiempos cuando el hombre dejó las selvas de África y migró hacia Asia y Europa.

El fenómeno racial tuvo su cúspide en los siglos XIX y XX, como resultado de la colonización Europea.

Los libros médicos de Charles Darwin son una excelente ventana para evidenciar este fenómeno, así como Mein Kampf, de Adolfo Hitler.       charles-darwin

El hombre es un ser a quien no le gustan las diferencias y prefiere conservar y propulsar aquello que ya ha probado que funciona.

Las diferencias raciales no son nada más que diferentes modos de adaptación ante diferente tipo de los terrenos en los cuales habitan.

Las principales razas de humanos que habitan el planeta son las siguientes:

RAZA NEGRA

Los hombres de raza negra son individuos que vienen principalmente  del continente Africano, donde la vida es difícil y áspera, por lo que los habitantes de ese lugar deben de ser ejemplares fuertes y frondosos.

El color de  su piel puede llegar a ser tan obscura como el carbón, debido la amplia extensión de melanina distribuida por todo su cuerpo para protegerle del fuerte sol africano.

Su cabello es grueso y rizado, a modo de resistir las grandes y filosas espinas de algunos tipos de árboles que pueblan la región, al momento de la cacería.

A su vez, los ojos del hombre negro son de tamaño mediano, pero perfectamente circulares, a modo de tener una excelente  apreciación del terreno de las fieras,  así como muy oscuros  para no ser deslumbrados por  los rayos del sol.

La nariz del hombre negro es chata y ancha, diseñada para injerir buenas y abundantes cantidades  de aire para evitar la sofocación en los fuertes calores.

Su fisionomía es de un tamaño grande y muy musculosa por naturaleza, como para poder correr a velocidades muy altas y escalar arboles al momento de cazar.

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RAZA AMARILLA

La raza amarilla es aquella de los individuos que habitan en todo el territorio asiático, partiendo desde los montes Urales hasta el lejano oriente, terminado en el Océano Pacífico.

La peculiaridad de esta raza es la forma de sus ojos rasgados, que tanto perturbaban a las civilizaciones Griega y Romana, al tener contacto con ellos mediante el comercio marítimo. La razón de ser de estos ojos es proteger a la retina de los fuertes vientos, que muchas veces van acompañados de pequeños fragmentos de nieve, especialmente en la región de Siberia, así como una adaptación natural a las tormentas de arena en los desiertos de Mongolia. Usted puede comprobar esto al ir a un lugar de nieve al momento de una tormenta y verá en que forma pondrá usted  sus parpados.

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RAZA CAFÉ ORIENTAL

La raza café es aquella que abunda desde el noroeste de África hasta la lejana Bangladesh. Esta es una raza que cuenta en su mayoría (sin contar al ejemplar árabe, que tiene el cabello rizado), con individuos de cabello lacio, así como con ojos y piel café obscura, con amplia melanina para protegerles del fuerte sol que azota la región; sin embargo, su nariz es triangular y no chata a modo de no injerir demasiado aire en las noches frías del desierto.

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RAZA CAFÉ AMERICANA

Esta raza es aquella nativa del continente americano, con proporciones casi idénticas a aquellas de  raza café oriental; sin embargo, la raza indígena del continente americano es una mutación de lo que alguna vez fue raza amarilla, debido a la migración por el estrecho de Bering.

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RAZA BLANCA

La raza blanca es aquella de los pobladores de toda Europa, aunque ésta tiene algunas variaciones, dependiendo de su posición geográfica en dicho continente.

Los individuos de raza blanca pueden contar con piel de este color, ojos  redondos de color café y cabello obscuro o bien, si hablamos de los ejemplares nórdicos, estos cuentan con tez blanca (la piel escandinava puede llegar a ser rosa o de un rojo suave), cabello rubio y ojos azules, grises o verdes.  Existen teorías de que los ojos de color son un defecto, cuando en realidad no es así; la verdadera razón de esto es que los ojos de color están hechos para soportar los largos y obscuros inviernos del norte; en pocas palabras, son ojos nocturnos.

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Después de esto, podemos observar que las razas de hombres son tan solo el resultado de una adaptación de supervivencia de una cierta región.

Lectura en movimiento

Leer puede considerarse un acto pasivo, en el que hay escasa participación del cuerpo y, en cambio, una plena actividad intelectual. Los dedos se limitan a pasar páginas y los ojos a moverse de palabra en palabra y de línea en línea; pero el trabajo principal lo desarrolla la mente, que decodifica e interpreta signos y extrae significados.

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Sin embargo, ademas de generar ideas y propiciar reflexiones, la lectura también despierta emociones y al hacerlo involucra directamente al cuerpo. Y si el tema que trata el texto alude particularmente a una dimensión o facultad corporal, como puede ser el movimiento, el grado en que todo el organismo se siente interpelado y afectado por la narrativa es aún mayor.

El ensayo de Rebecca Solint, Wanderlust: Una historia del movimiento, es una de esas obras literarias que nos hacen ejercitar algo más que la mente. Las reflexiones acerca del caminar que comparte la autora nos remiten, por una parte, a las contribuciones que tan elemental forma de desplazamiento ha hecho al desarrollo de las ideas, la exploración geográfica, los descubrimientos científicos y hasta la acción social y política. Pero también se refiere al caminar como un acto eminentemente orgánico, que implica movimientos musculares, coordinación de miembros y equilibrio de fuerzas.

Naturalmente, al caminar también se pone en marcha el cerebro, que además de dirigir las funciones corporales, advierte el entorno y los cambios que se suscitan en él, a medida en que el cuerpo se desplaza. Por eso es que caminar es un acto de comprensión, que comienza por descubrirnos lo que ocurre con nuestro cuerpo, para luego mostrarnos la forma en que éste se inserta en el mundo.

Al caminar pensamos, entendemos, escribimos historias, aunque sólo sea en la mente. Y al leer lo que se ha escrito acerca de caminatas, viajes y tantas otras vivencias, permitimos que nuestro ser, en integridad de cuerpo y mente, experimente mucho más que el acto de sentarse a decodificar signos.